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Somos mentirosos natos. Según un estudio reciente, recibimos unas 200 mentiras en nuestro entorno, ya sea conversando con alguien, en la radio, la televisión, en el teléfono móvil o en el correo, lo que significa que nosotros en algún momento también emitimos alguna mentira, aunque muchas veces sin ser conscientes de ello, ya que tenemos automatizado el software de la mentira en situaciones muy concretas. Por ejemplo en el trabajo, quizá el entorno donde más mentiras podemos emitir o recibir, también en el ámbito familiar y quizá en menor medida (aunque no siempre), en el entorno de pareja y amigos.

La mentira puede ser una herramienta valiosa para cohesionar un grupo por ejemplo, para que el que menos sobresale se supere a sí mismo y logre vencer todos los obstáculos. Bien. Perfecto. Lo malo es cuando la mentira se utiliza en beneficio propio y para desprestigiar a los demás. Mal, muy mal. Ahí es cuando vienen los problemas.

Es cierto que a veces es conveniente mentir a decir la verdad, pero eso no exime de culpabilidad al que lo hace. Porque mentir también es omitir información o presentarla orientada a nuestros intereses. La mentira requiere inteligencia y creatividad, de ahí que muchos la consideran un arte y ya no se persigue al que miente sino que se le llega a venerar  por su habilidad para mentir y que no le pillen.

Ahí tenemos casos como el gurú de las finanzas Bernard Madoff, el pequeño Nicolás o Carlo Ponzi, que lejos de ser vilipendiados y humillados, son admirados e incluso se analizan y estudian sus técnicas con total devoción, porque en el más oscuro rincón de nuestros deseos, en algún momento sí nos hubiera gustado ser alguno de estos personajes y tener sus habilidades para el engaño…

Al final hemos creado una sociedad en la que vale más la mentira que la verdad si se hace con categoría. Los políticos y demás personajes públicos lo saben bien, por eso contratan a asesores que les enseñan a mentir bien, a mostrarse como no son, a transmitir lo que más vende, lo que la gente demanda, todo para tener más seguidores y superar a sus competidores y para conseguir dinero y poder que es de lo que se trata. El que mejor mienta es el que más éxito tiene.

Sí, amiguitos, tristemente es así. Estamos tan acostumbrados a la mentira que ya no tenemos remordimiento, no nos sentimos mal, lo hacemos porque hay que hacerlo y punto, porque lo hacen todos, porque si no lo hago así, otro lo hará y yo perderé y todo se convierte en una gran mentira. Ye lo que hay.